La forma del error.
Entre lo tallado,
lo transmitido
y lo registrado

Lázaro A. Saavedra

21 de Mayo – 9 de Octubre, 2026

El Apartamento, La Habana

Lázaro Saavedra
La forma del error

Esta exposición se organiza a partir de una hipótesis: no hay imagen aislada. Lo que aparece como forma autónoma es, en realidad, el resultado de repeticiones y variaciones que, una vez estabilizadas, dejan de percibirse como tales.

En este contexto, el archivo no se entiende como un depósito de imágenes, sino como una condición de relación que permite hacer visibles los procesos que las constituyen. Allí donde una imagen singular se presenta como una unidad cerrada sobre sí misma, la serie revela su carácter relacional e históricamente construido.

Las obras se articulan en torno a distintos modos de producción de forma. En los epitafios, la pintura simula el mármol y presenta el texto como si estuviera tallado. La inscripción no ocurre: se construye como efecto. La permanencia aparece, así, como una ficción producida. Sin embargo, esa solemnidad funeraria se ve alterada por enunciados atravesados por el humor y la ironía. Lo que parece monumento se vuelve comentario; lo que parece memoria fija queda expuesto como formulación inestable. Las molduras, los colores y la escenificación ornamental no garantizan la estabilidad del sentido, sino que refuerzan el carácter construido de esa permanencia.

En la serie del Tarot, la forma no se conserva intacta, sino que se transforma en su transmisión. Las pinturas se concentran en detalles iconográficos que, lejos de organizarse como elementos fijos, varían de una versión a otra con distintos grados de estabilidad. En el Caballero de Bastos, los cascos del caballo aparecen y desaparecen, una oreja llega a desvanecerse en el pecho del jinete y el hombro de este puede confundirse con la crin del animal. En el arcano XV, el atributo que sostiene el Diablo tampoco permanece estable, sino que se desplaza entre formas tan diversas como una horquilla, un garfio bidente, unas “orejas de conejo”, una antorcha o una hoja de espada. Estas diferencias no interrumpen la continuidad de la serie: la hacen posible. Incluso cuando la forma parece desdibujarse o cambiar de identidad, la comparación entre imágenes permite volver a leerla como parte de un mismo campo de variación.

La proyección Visibilizando el archivo retoma esas mismas imágenes y desplaza la serie al tiempo. Lo que en la pared se presenta como comparación espacial, en el video se manifiesta como transición continua. La sucesión de imágenes enlazadas por fundidos produce una continuidad inestable: la forma parece animarse, transformarse, deshacerse y recomponerse. La proyección no constituye un cuerpo aparte, sino una extensión temporal del problema planteado por la serie pictórica del Tarot.

En El síndrome del miembro fantasma o La anatomía de una convalecencia, un lienzo preparado y aparentemente disponible para la pintura ha sido serruchado y separado en dos fragmentos. La obra se presenta enmarcada mediante una moldura minimal, que reencuadra el corte sin neutralizarlo, sino reforzando la tensión entre unidad visual y fragmentación material. La parte ausente no se repone materialmente: se sustituye mediante dibujo al carboncillo realizado directamente sobre la pared. En uno de los fragmentos, el dibujo intenta aproximarse a la forma rectangular perdida; en el otro, abandona esa lógica y deriva hacia una forma más orgánica e inestable. La obra no reconstruye una unidad previa, sino que hace visible cómo toda restitución implica transformación. La ausencia deja entonces de funcionar como vacío y pasa a convertirse en una condición productiva de nuevas formas

En Registrar produce forma, el proceso no se reconstruye. Las pruebas de plumilla no funcionan como materiales preliminares, sino como parte del trabajo mismo. La forma se define en el contacto entre herramienta y soporte, y cada trazo incorpora una variación que no se corrige, sino que se acumula. En este mismo régimen se sitúan las pruebas de color: fragmentos donde el pigmento se presenta como materia en ajuste, como decisión todavía abierta.

En los dibujos a plumilla, esta lógica se intensifica hasta convertirse en imagen. La acumulación de líneas produce densidad y superficie hasta hacer aparecer la figura, y el control técnico no cancela el proceso, sino que lo vuelve visible. En varios de estos dibujos, además, el texto no se añade a la imagen: queda reservado en el color de la cartulina, como interrupción del campo lineal y como forma que emerge de la ejecución. Lo que aparece como dibujo acabado sigue siendo, sin embargo, acumulación de trazos y variaciones. La imagen no oculta el proceso: lo condensa.

En Yo no soy abstracto, un pequeño garabato realizado espontáneamente sobre una página de block es trasladado a gran escala mediante plumilla y tinta china. Lo que inicialmente aparece como un trazo rápido y continuo se revela, de cerca, como una construcción hecha a partir de múltiples líneas mínimas acumuladas. La línea deja entonces de funcionar como huella inmediata del gesto y pasa a evidenciarse como una estructura construida. Lo que parece espontáneo resulta meticulosamente elaborado; lo que parece abstracto insiste, al mismo tiempo, en negarlo.

Entre lo tallado, lo transmitido y lo registrado no hay separación, sino distintos modos de producir forma bajo condiciones inestables. Lo que desde fuera podría parecer heterogéneo responde, en realidad, a un sistema de relaciones que solo se vuelve visible cuando las imágenes se ponen en serie.

La forma no es el punto de partida. Es aquello que logra estabilizarse, provisionalmente, en medio de la variación. _Lázaro A. Saavedra

La forma del error

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