mascarillas, goma, cinta de tela, cola para madera, pegamento, resina y pintura acrílica
Esta obra forma parte de una serie de ensamblajes que oscilan entre la creación estética y la sensibilidad ecológica. La artista toma como punto de partida el concepto de “solastalgia”, ese malestar emocional que provoca ver cómo la naturaleza se degrada bajo la influencia de la decadencia humana. Su obra se convierte en un espacio donde naturaleza y desechos convergen, revelando el peso de la intervención humana.
En cada pieza, materiales encontrados –objetos reciclados, fragmentos industriales y vestigios de un consumo excesivo– se funden con elementos pictóricos para dar forma a cuerpos híbridos que desafían las categorías tradicionales de la escultura y la pintura. Doiz emplea una técnica que capta, a través de la intensa plasticidad de sus formas, una sensación de erosión: este proceso parece ser el núcleo de su imaginario.
Durante los meses de confinamiento del COVID-19, surge esta serie de obras. Un día, al ordenar su espacio, Doiz descubrió la cantidad de objetos inútiles que poseía. Decidió entonces clasificarlos y, en lugar de desecharlos –lo que solo trasladaría el problema a otros–, los convirtió en su material de trabajo. Neceseres, botes, cacharros inservibles, herramientas obsoletas, adornos, regalos, catálogos, libros y dispositivos tecnológicos desfasados conformaban su patrimonio. Con ellos crea esculturas a través de las cuales abandona las especificidades clásicas del arte y asume el rol de bricoleur.
El filósofo Glenn Albrecht acuñó un término que describe con precisión el sentido conceptual de la práctica artística de Miren Doiz: la “solastalgia” alude al sentimiento de angustia y nostalgia que se experimenta al ver cómo el entorno natural cercano se deteriora o desaparece debido a la intervención humana; es el vacío emocional que genera la acelerada transformación del mundo en las personas.
